Como muchos de mi generación, crecí con la idea de que ser mujeriego era algo que un hombre podía lograr por mera voluntad, pero nunca conté con que el pasar de los años cambiaría tanto los estándares de belleza y las interacciones de seducción o citas. En las generaciones de nuestros padres y abuelos, los incels eran prácticamente inexistentes, había mujeres para todos, pues sus estándares eran más reducidos, recuerdo que mi abuelo me decía que bastaba con que tuvieras un trabajo para que las mujeres se te resbalaran como mantequilla (en un libro de Orwell, el afamado periodista retrata que sólo los vagabundos eran marginados del mercado sexual), y mi padre me contaba que bastaba con que no tuvieras fama de golpeador ni vicioso para que fueras un imán de mujeres, pero que incluso si eras un culero, bastaba con que tuvieras extroversión. Si bien existen precursores y excepciones, los incels somos un fenómeno social super moderno. Ahora se nos exige a los hombres tener belleza, dinero, estatus, talentos, un excelente humor o brindar buen entretenimiento para ser incluidos en las relaciones sexo-afectivas, es decir, se nos exige compensar una cosa cuando otra está ausente, mientras que las mujeres sólo tienen que existir sin importar su condición, es realmente injusto por donde se le vea, pero ellas empezaron a ser moldeadas de dicha forma desde que hollywood y las redes sociales les pudrieron el cerebro.
En redes sociales está la tendencia de las mismas mujeres en decir que ellas se fijan en la empatía, la bondad y los valores de los hombres para estar con ellos, y uno no puede sino soltar una risa desde su lado de la pantalla. No se puede esperar honestidad del género que les dice "diosas" a los orcos más culeros y balleneros posibles sólo para hacer sentir bien a sus amigas feas.